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LIBRERO Y BIBLIOFILO, ¿Son actividades compatibles?
Hace muchos años que esta pregunta ronda mi cabeza desde que descubrí que ese oscuro objeto de mi trabajo se estaba convirtiendo en un claro objeto de mis deseos. Ahora llevo cuarenta y cinco años de experiencia librera y sigo sin encontrar una respuesta sencilla. Quizás el hecho de escribir estas líneas me sirva de ayuda para poner en orden mis propias ideas.
¿Hasta qué punto es saludable que un comerciante se enamore de los objetos con los que se gana el sustento?. Es frecuente escuchar la frase tópica de que tal persona es un enamorado de su profesión, aunque no estoy seguro de que suceda siempre. No conozco muchas profesiones en las que el titular sienta en su fuero interno lo que algunos libreros sentimos por el producto que nos enriquece, aunque sea más espiritual que materialmente.
Es tan difícil definir ese sentimiento que, por ello, me atrevo a tomar prestada una palabra, pensada para muchas más personas que los libreros: Bibliofilia.
Las deficiones de la voz “bibliofilia” son variadas, según consultemos el D.R.A.E. o el ya clásico de la bibliotecaria de Paniza, Doña María Moliner. Bueno sería matizarlas, según los distintos perfiles de los lectores o de los libreros, ya que resulta variado el amor que cada uno de ellos siente hacia los libros bellos y bien hechos.
Hay elementos comunes como, por ejemplo, los gestos casi rituales, que los bibliófilos realizan, cuando se encuentran con un libro bello en sus manos, entendiendo la belleza del continente, al margen de la riqueza del texto. Su forma de tomarlo con las manos, de abrirlo lo suficiente, pero no demasiado, para conocer la belleza de sus grabados y la limpieza de su impresión. A veces, incluso, lo huelen, y no crean que es un gesto superfluo, pues a los olfatos cultivados les permite saber si esa encuadernación ha sido “lavada”. Siguiendo con la encuadernación, el repaso de los menores detalles, como los hierros o nervios en el lomo, los adornos, la suavidad de tacto de los materiales usados, especialmente en las pieles. La manera de frotar suavemente con las yemas de los dedos pulgar e índice, para conocer la consistencia y gramaje del papel usado. El examen de los grabados e ilustraciones, lupa en mano, literalmente.
Tras el examen físico del libro viene la búsqueda de detalles bio-bibliográficos acerca de los autores, impresores, traductores, encuadernadores e incluso de los editores. Si el examen de todos esos detalles ofrece un resultado satisfactorio, la conclusión en sencilla e inmediata: Llega el deseo de poseer ese libro, claro.
Los tiempos modernos han convertido al librero en un gestor, que debe atender sus obligaciones con los clientes, con los proveedores, con los recursos humanos de la empresa, con los distintos estamentos de las administraciones, sin olvidar un amplio número de obligaciones legales que hemos de cumplir, so pena de ser sancionados. Podríamos citar, a modo de simple muestra, las declaraciones de transacciones intra-comunitarias (INTRA-STAT), el riguroso cumplimiento de los más nimios detalles en materia de seguridad laboral, las obligaciones derivadas del cumplimiento de la Ley de Protección de Datos…y asistir a las reuniones de la Comunidad de Vecinos del inmueble, que en ocasiones son un ejercicio de tortura psicológica.
Por otro lado, hemos de garantizar a la clientela la máxima rapidez y eficacia en servicios variados y costosos, por su propia complejidad: Búsquedas bibliográficas especializadas en materias de las que sólo sabemos que no sabemos casi nada; obtención de libros agotados o publicados en países lejanos, por instituciones sin ánimo de lucro, que no entienden que el hecho de pedirles una factura en regla no es capricho, sino necesidad…etc.
Añadamos las tareas de índole administrativo y burocrático, que podrían aburrir a la mayoría de los mortales y que a los libreros les producen la sensación de vaya manera de hacerme perder el tiempo…
Los libreros hemos de conocer un poco de muchas materias, porque la clientela suele ser variada y cada uno busca lo que conoce y/o lo que le interesa conocer. Podemos pasar de buscar bibliografía extranjera relacionada con Albert Einstein, su vida y su obra a localizar los tomos que faltan en una biblioteca universitaria del Thesaurus Linguae Latinae, que "como todo el mundo sabe" es una publicación iniciada hace más de un siglo por el Dr. G. G. Teubner, en Leipzig. En medio de ambas búsquedas, nos encontramos con la solicitud de un cliente que desea encontrar un ejemplar de la edición de un texto de prosa erótica, escrito por D. Camilo J. Cela e ilustrado con grabados realizados por el artista grabador Borja de Pedro Izuzquiza, en una edición numerada de 200 ejemplares, firmados por Don Camilo y por el grabador. Como ya es sabido, el escritor y el grabador tuvieron sus cosillas y repartieron los ejemplares de esta obra que no suele aparecer en las bibliografías del laureado por la Academia Sueca.
En una permanente aceleración de los tiempos, se anuncia que los libreros dejaremos de ser mercaderes de libros, para convertirnos en gestores de la información, en sus diversos formatos y soportes (cita textual) dejando los establecimientos de parecer una oficina de bibliopola, para semejar una oficina financiera. Hay quienes anuncian que los libreros de finales del siglo XXI no tocaremos libros, sino solamente un teclado. Si al menos fuera el teclado de un piano valdría la pena, pero no parece que vayan las cosas por ese camino. Menos mal que para entonces espero estar trabajando en la biblioteca celestial, para encontrarme allí con Jorge Luis Borges, quien definió así lo que él creía que era el Cielo.
¿En que rincón de este decorado ponemos a los libreros bibliófilos?. ¿Cómo combinar su afición por los libros bien hechos con su realidad de empresario?. Los sicilianos tienen un proverbio demoledor, que podríamos traducir de forma benévola como No mezcles trabajo y pasión; son aceite y agua.
En el prólogo de la obra de Ignacio de Loyola – Los ejercicios espirituales – se afirma que el hombre es criado para honrar a Dios en primer lugar; las cosas son criadas para el hombre y para que le ayuden al fin principal. Añade el fundador de la Compañía de Jesús que en el uso de las cosas debe obtener el hombre la satisfacción de su espíritu y la felicidad personal, siempre que no pierda el sosiego y la mesura de su condición de mortal. Amén.
En un intento de combinar todas estas ideas se me ocurre una figura geométrica, que casi alcanza el equilibro estable: El buen librero debe aceptar en silencio la incomprensión que le rodea, los reproches de que gana demasiado por limitarse a despachar libros y la burocracia que le angustia. Su respuesta ha de ser colaborar en la difusión del pensamiento, seleccionando buenas mercancías para llenar con ellas sus alforjas y hacer ofertas de libros interesantes, descritos de forma precisa y detallada, citando las fuentes bio-bibliográficas consultadas. Todo ello será valorado por una minoría de personas, capaces de entender la verdadera labor de los libreros.
Nuestra profesión no es de luces, sino de penumbras, ajenas a quienes viven en un escenario ficticio, lleno de focos que deslumbran y por ello ciegan. El libro es un objeto bello y generoso. Quien sirva al libro con generosidad recibirá un pago equivalente, incluso en lo material. Y para lograrlo, es bueno gozar con el libro bien hecho, no perder la capacidad de entusiasmarse con alguna obra que llegue al mercado de puntillas, sin el apoyo de una campaña mediática.
Como los libreros “vivimos del cuento”, me voy a permitir contarles uno muy breve:
Erase una vez un libro (Les Alpes) que trataba de cómo atravesar los Alpes de punta a punta, caminando. Ese libro alcanzó un gran éxito, que desbordó a su autor – K. Baedeker – pues se imprimieron 23 ediciones en el siglo XIX. El autor decía que cruzar los Alpes caminando es un enorme esfuerzo, que casi nadie valorará, pero que colmará de felicidad a quien lo logre. Añadía las claves para conseguir la proeza y lo hacía en verso, que yo me atrevo a traducir:
Quien quiera hacer tan largo viaje,
ha de olvidarse de las preocupaciones inmediatas.
Debe levantarse con el alba,
no cargarse demasiado para evitar el agotamiento,
tiene que caminar a paso regular
y sobretodo precisa escuchar a los que encuentre en su camino.
El oficio de librero puede ser comparado con la travesía alpina. Es bueno, por tanto, hacer caso de las recomendaciones de Hernn Baedeker. A este librero le han servido.
Por cierto, sigo sin saber si es bueno ser librero y bibliófilo a la vez…pero es muy grato y ayuda a llevar una existencia con momentos de felicidad. ¿Se puede pedir más?.
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Juan F. Pons León
Librero zaragozano.


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