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En primera persona
Hay una cosa que no entiendo: la mayoría de las personas aspira a ser primera en todo, lo cual me parece en cierto modo loable. Desde el principio de los tiempos el ser humano ha luchado por alcanzar una meta, un objetivo en su vida. Pero lo que se escapa a mi capacidad de comprensión es que para conseguirlo no miren el daño que pueden hacer al que tienen a su lado.

Pienso que en el noventa y nueve por ciento de los casos esta carrera hacia la supremacía es iniciada por falta de amor en nuestras vidas. Siempre hemos buscado destacar todo lo posible para así ser más admirados por la gente que nos rodea, para sentirnos, en definitiva, más queridos. Pero lo malo es que cuando consigues llegar a lo más alto, después de muchos esfuerzos, se suele perder la cabeza, olvidas todo el sufrimiento que has tenido que pasar para alcanzar el objetivo de tu vida y pasas a una nueva dimensión de orgullo y soberbia. A partir de ese momento deja de tener importancia todo lo que te rodea.
Intento con todas mis fuerzas no caer en ese pensamiento, y lucho cada día por evitarlo, porque me siento tan humano y tan débil como el resto de las personas. Y lo consigo recordando de dónde vengo, pues todas las experiencias de mi vida son las que hacen que me considere, simplemente, alguien más.
Con el tiempo he comprendido que tanta lucha por una posición económica o social es innecesaria, lo que realmente merece la pena es ese pequeño grano de arena que cada uno podemos aportar para que otra persona pueda ser un poco más feliz, ese es nuestro aporte a la colectividad humana.
Francisco Rodríguez Muñoz
Curro (Kurt) Savoy

Capítulo cero
Una familia rota
Desde siempre la familia Muñoz había regentado una prospera tienda de antigüedades en Córdoba, cercana a la popular plaza de Abastos, a inicios del siglo 20, sin llegar a ser rica ni de una clase social alta, gozaba de una buena posición económica, un futuro de próspero augurio y lleno de felicidad con los seis hijos que llenaban el hogar.
Todos estos augurios quedaron truncados y cercenados violentamente con el estallido de la guerra civil española y a la enfermedad de la matriarca de la familia que debido a la precariedad de la asistencia médica durante este periodo negro de España falleció durante la operación a que hubo de ser sometida.

Estos hechos fueron el inicio de una destrucción paulatina del núcleo familiar, ya que el patriarca de la familia, al perder todo aquello por lo que había luchado y a la que había sido su compañera de viaje durante tantos años cayó sumido en una profunda depresión que lentamente la abocó a un trastorno mental del que nunca se recuperó, desapareciendo un día sin dejar rastro y sin que nunca más se supiera de él.
Con un país sumido en una cruenta guerra, sin recursos para subsistir y sin un timón familiar que dirigiera a los cinco hermanos, cada uno opto por buscarse la vida como pudo, el mayor de ellos, Antonio, logró desplazarse hasta Burdeos, las cuatro hermanas más jóvenes, tuvieron que ir emigrando primero a pueblos cercanos para ir distanciándose cada vez más entre si en busca del trabajo que pudiera reportarles el sustento diario, este motivo propició que más rápido que lentamente se perdieran los contactos, no había posibilidad de comunicarse y menos de verse.
En esos momentos España era un país asolado por la guerra y como consecuencia de ella el miedo y la miseria campaban a sus anchas, por lo que la búsqueda de fortuna muchas veces se convalidaba por la búsqueda de un plato caliente, aunque muchas veces fueran mondas de patata el plato estrella de esa comida.
Fue después de la fragmentación familiar cuando el destino propició en Córdoba un encuentro casual entre María Muñoz y Francisco Rodríguez Galdeano, que en ese tiempo trabajaba como minero en Linares, un encuentro en el que nació una mutua atracción y un deseo de volver a verse, Córdoba fue una ciudad propicia para que se enamoraran, ya que fue el lugar donde ambos jóvenes trazaron planes, labraron un futuro de ilusión y decidieron casarse sin esperar más, lo que demuestra que para el amor no hay barreras, hambre ni guerras.

Pero la reciente guerra entre hermanos y el hambre de la posguerra estaba presente en cada uno de los rincones del país, a pesar de ello y como un rayo de esperanza las historias de amor surgían, se desarrollaban y llegaban a buen puerto. Dar el siguiente paso llevaba consigo trazarse un destino, buscarse un futuro, empezar una nueva vida.
Para la nueva pareja lo importante en esos momentos era buscar un lugar lo bastante alejado para que no llegaran hasta él los horrores de la contienda civil, y que al mismo tiempo pudiera proporcionarles la oportunidad de encontrar trabajo para poder establecerse y comer.
El lugar elegido fue el tranquilo pueblo de Andujar (Jaén), que en aquella época contaba con una población de 18.000 habitantes cuando antes de la guerra civil sobrepasaba los 30 mil. Llegaron a él con el ímpetu y la fuerza de la juventud. A pesar de todo, el reciente final de la guerra civil había dejado huellas difíciles de borrar, el Santuario de la Virgen de la Cabeza era la prueba palpable de los tremendos bombardeos sufridos cerca de la población……
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